Dejando hacer a mis recuerdos, busco el inicio de la chispa que arrancó mi pasión por el mundo del motor. Pero no consigo recordarlo. Recordar el instante exacto en que todo empezó a cobrar sentido para mí. Me adentro en mi memoria profunda para tratar de entender que me ha llevado a vivir con la pasión por la gasolina como bandera, porque no tengo otra, pero no soy capaz de ver cómo empezó todo. Tal vez nací con ello. Tal vez mi herencia genética venía predispuesta a esta adicción. Consigo alcanzar recuerdos de niñez muy temprana. Recuerdos nada nítidos de principios de los ochenta,… un slalom en un desierto polígono industrial de Plasencia, viendo cómo negociaba neumáticos un habilidoso piloto al volante de un Renault 5 Copa, o un motocross en el circuito del Cachón, con el sonido ensordecedor de los motores de dos tiempos de aquellas máquinas infernales, capaces de volar entre rampas imposibles. Cuando pienso en ello, me vuelve a hervir la sangre. Acompañaba a mi padre, que inmortalizaba el evento de turno para la prensa local. Cuando nos quedábamos solos, nos ponía a mi hermano y a mí, a turnos, sobre sus piernas para que condujéramos su Citroën GS azul cielo. Y aquello empeoraba. A pesar de que no le gustaba nada este mundo, tal vez porque veía mi mirada de “killer”, me llevaba a casi todo lo que olía a gasolina y que su profesión le obligaba, hasta que pude hacerlo yo solito. Lo que nunca ha faltado ha sido mi cámara de fotos haciéndome compañía.
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sábado, 22 de octubre de 2016
EDITO
Dejando hacer a mis recuerdos, busco el inicio de la chispa que arrancó mi pasión por el mundo del motor. Pero no consigo recordarlo. Recordar el instante exacto en que todo empezó a cobrar sentido para mí. Me adentro en mi memoria profunda para tratar de entender que me ha llevado a vivir con la pasión por la gasolina como bandera, porque no tengo otra, pero no soy capaz de ver cómo empezó todo. Tal vez nací con ello. Tal vez mi herencia genética venía predispuesta a esta adicción. Consigo alcanzar recuerdos de niñez muy temprana. Recuerdos nada nítidos de principios de los ochenta,… un slalom en un desierto polígono industrial de Plasencia, viendo cómo negociaba neumáticos un habilidoso piloto al volante de un Renault 5 Copa, o un motocross en el circuito del Cachón, con el sonido ensordecedor de los motores de dos tiempos de aquellas máquinas infernales, capaces de volar entre rampas imposibles. Cuando pienso en ello, me vuelve a hervir la sangre. Acompañaba a mi padre, que inmortalizaba el evento de turno para la prensa local. Cuando nos quedábamos solos, nos ponía a mi hermano y a mí, a turnos, sobre sus piernas para que condujéramos su Citroën GS azul cielo. Y aquello empeoraba. A pesar de que no le gustaba nada este mundo, tal vez porque veía mi mirada de “killer”, me llevaba a casi todo lo que olía a gasolina y que su profesión le obligaba, hasta que pude hacerlo yo solito. Lo que nunca ha faltado ha sido mi cámara de fotos haciéndome compañía.
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